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F. Javier Luque «Queremos diseñar nuevas herramientas que incrementen la tasa de éxito de un nuevo candidato a fármaco»

F. Javier Luque recibió recientemente el premio Antoni Caparrós, otorgado por el Consejo Social de la UB y la Fundación Bosch i Gimpera, al mejor proyecto de transferencia de conocimiento por la colaboración con la empresa Pharmacelera. El grupo de investigación en Biología Computacional y Diseño de Fármacos de la Facultad de Farmacia y Ciencias de la Alimentación desarrolló una metodología para la creación de nuevos descriptores moleculares que facilita el descubrimiento de nuevos fármacos.

¿Qué supuso recibir el premio Antoni Caparrós?

Fue muy satisfactorio, porque de alguna manera este premio es un reconocimiento a la trayectoria del grupo. Nosotros hemos tenido, desde siempre, la vocación de colaborar con industrias y empresas privadas para tratar de transferir el conocimiento que desarrollamos dentro del grupo; y por eso pienso que el premio es un reconocimiento para todo el equipo. Poder ver que parte de este esfuerzo se traduce en herramientas que pueden ser de utilidad, en este caso, para el diseño y el desarrollo de fármacos, es muy satisfactorio.

¿En qué trabaja el grupo de investigación actualmente?

Básicamente nuestro objetivo es comprender cómo funcionan los seres vivos a nivel molecular. Esto significa, sobre todo, abordar el tema del reconocimiento entre moléculas, (cómo las moléculas interaccionan con una proteína, o la interacción existente entre proteínas y cómo esta interacción da lugar a una determinada respuesta biológica). Una vez entendemos estos mecanismos, que hemos obtenido a partir de toda una gama diversa de métodos computacionales, aprovechamos para diseñar nuevas moléculas bioactivas, idealmente con el objetivo de acabar obteniendo un candidato a prototipo de fármaco. La idea es: si nosotros conocemos cuál es el mecanismo molecular subyacente a la acción de alguna pequeña molécula, entonces podemos hacer un diseño racional y bien dirigido de cara a introducir determinados grupos químicos en ciertas posiciones para que incrementen o modulen esta respuesta biológica en el sentido que a nosotros nos interese. En vez de hacer una investigación a ciegas, que comportaría efectuar un cribado de cientos de miles de compuestos, podemos hacer un diseño mucho más dirigido que en principio debería permitir ahorrar muchos más recursos económicos de cara a obtener este compuesto final.

¿A qué enfermedades está dirigida esta búsqueda de candidatos a fármacos?

Dentro de la investigación que nosotros hacemos en la Universidad de Barcelona, trabajamos con dos líneas de aplicación: la enfermedad de Alzheimer, en colaboración con el profesor Diego Muñoz Torrero, y enfermedades infecciosas, centrados en la tuberculosis y el virus de la gripe y en colaboración con el profesor Santiago Vázquez, ambos miembros de la Facultad de Farmacia y Ciencias de la Alimentación. En este último caso, el que nos interesa es identificar algún mecanismo o proceso molecular que sea importante para la actividad o supervivencia del patógeno y mirar de interferir en este proceso mediante un fármaco. En lo referente a la metodología, lo que queremos es acabar teniendo nuevas herramientas que permitan acelerar o incrementar la tasa de éxito a la hora de identificar nuevos compuestos que sean capaces de llevar a cabo esta bioactividad.

¿En qué puede beneficiar esto a la sociedad?

El diseño de un fármaco es una tarea multidisciplinaria con muchas facetas distintas que contribuyen a alcanzar el éxito final, que sería un medicamento que revierta los efectos de una enfermedad. Dentro de este campo multidisciplinario, nosotros incidimos en la parte que afecta propiamente al diseño de esta molécula, el fármaco. Con las herramientas que diseñamos podemos reducir de una manera sensible y significativa el coste económico ligado a la investigación que hay que llevar a cabo para identificar este compuesto. De este modo, por un lado obtenemos un retorno de la inversión que ha realizado la sociedad en la formación académica de profesionales, pero también contribuimos, por otra parte, a reducir tiempo y costes en el desarrollo de fármacos. Y con ello se consigue una mayor eficacia terapéutica o una mayor selectividad frente a una diana, y se evitan al mismo tiempo los efectos adversos que pueda tener un fármaco.

¿De qué manera colaboran con las empresas de la industria?

Una de las colaboraciones más recientes que tenemos es con Pharmacelera, empresa liderada por Enric Gibert y Enric Herrero, con esta colaboración queremos  desarrollar, a partir de las investigaciones que hemos estado realizando, herramientas que proporcionen nuevos recursos de cara a la identificación de compuestos bioactivos.

Utilizar esta metodología e implementarla en un contexto determinado para que sea una herramienta útil al alcance de todo el mundo conlleva un trabajo tecnológico que nosotros no podemos llevar a cabo por falta de recursos. En cambio, la empresa Pharmacelera dispone de este conocimiento tecnológico. Lo que hacemos nosotros es transferir estos conocimientos, y entonces ellos se encargan de implementarlos en herramientas computacionalmente eficientes. Por el momento contamos con dos herramientas: PharmScreen y PharmQSAR, que ya están al alcance de la comunidad científica. Y la idea es seguir trabajando en este sentido para desarrollar nuevas herramientas. De hecho, esperamos tener dos más de aquí al próximo año. Por lo que hemos visto, la aplicación da muy buenos resultados en el sentido de que, haciendo una selección relativamente pequeña de moléculas, han surgido varios compuestos que tenían actividad y que podían actuar como hits. El seguimiento de esto, sin embargo, normalmente recae dentro del ámbito de la empresa con la que colaboramos.

¿Qué importancia tiene la transferencia de conocimiento?

Creo que la transferencia de conocimiento es fundamental, y que debe ser un aspecto muy bien definido dentro de lo que es la actividad universitaria. El hecho de formar a futuros profesionales ya es parte del retorno que la universidad hace a la sociedad, pero el hecho de poder coger parte de las ideas que ha generado esta investigación, implementarlas y que puedan revertir en un beneficio, en nuestro caso en el campo farmacéutico, a la sociedad, a compañías privadas, etc., pienso que es una actividad que en la medida de lo posible hay que potenciar.

 

Más sobre Javier Luque:

¿Qué es lo que más le hubiera gustado inventar?

Lo que me gustaría es ser capaz de acabar obteniendo un compuesto para el tratamiento de enfermedades relacionadas con procesos neurodegenerativos, porque son patologías multifactoriales que tienen una incidencia muy fuerte sobre la sociedad actual.

¿Qué avance le gustaría ver antes de morir?

Pienso que lo que enriquecerá muchísimo es la comprensión de los mecanismos moleculares que regulan la estructura del genoma, que cambiará totalmente nuestra concepción a nivel de expresión de genes y del funcionamiento celular y que abrirá nuevas perspectivas de intervención terapéutica.

¿El invento del futuro que más miedo le da?

Más que tener miedo de algún descubrimiento lo que me da miedo es la aplicación que nosotros hacemos del mismo; como, por ejemplo, la aplicación que se pueda hacer de los tratamientos de manipulación de material genético.

La FBG es…

… un instrumento necesario para nuestra universidad, sobre todo para poder abrir una puerta y hacer que el mundo industrial nos sea mucho más accesible. Sin la FBG había mucha rigidez en los procesos que la transferencia del I+D comporta, y en este sentido es un elemento muy importante. Algunos de los proyectos en los que nosotros hemos participado provienen de la acción de difusión que lleva a cabo la Fundación. Y ese es un papel que habría incluso que potenciar.

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